Febrero del 2012

Sobre el libro de Schreber

Por feyerabend - 3 de Febrero, 2012, 9:23, Categoría: General

Autobiografía de la locura

Decisivo en el estudio de la paranoia, “Memorias de un enfermo de nervios”, ahora reeditado, aborda la pequeña y crucial distancia que separa el delirio de la cordura.

POR Pablo E. Chacon

En la traducción de Ramón Alcalde, el presidente Schreber está otra vez entre nosotros, esta vez acompañado por un dream team que incluye a Sigmund Freud, al escritor italiano Roberto Calasso y al premio Nobel Elías Canetti, más una serie de documentos y apéndices que se fueron filtrando a lo largo de los años, cuando el presidente de Sala (en retiro) del Tribunal Superior de la provincia de Dresde ya era uno de los cinco casos clínicos del maestro vienés, y la familia del paranoico más famoso de la historia había renunciado a conocer el paradero de algunos de los (varios) ejemplares de la edición de las Memorias de un enfermo de nervios que en su momento (la familia) compró en bloque, se supone que con el objeto de hacer desaparecer al jurista de la memoria de sus contemporáneos o acaso de la memoria de los humanos.

Daniel Paul Schreber nació en Alemania en 1942, en el seno de una familia protestante y tradicional. Jurista casi por obligación, en 1884 fue objeto de los primeros síntomas de trastorno mental. Atendido por el neurólogo Paul Flechsig, consiguió mantener las formas, pero propuesto a presidente del Tribunal Superior en 1893, las perdió, y fue internado (por segunda vez), e inhabilitado siete años después. Entonces, redactó las Memorias…, publicadas en 1903. Esos siete años de delirio fecundo son la materia prima de las reseñas y del libro que conoce el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, que a su vez entera a Freud, quien escudado en su previo interés por la paranoia, lee, interpreta y con ellas sienta los fundamentos de una teoría general de la psicosis, contra la opinión de Jung y de Bleuler, pero con el asentimiento de Sabina Spielrein, una joven de origen ruso que analizada por el primero, se convierte en su amante y en psicoanalista, seducida por las hipótesis freudianas.

La publicación de las Memorias… permitió a Schreber salir del asilo y recuperar sus bienes, no por haber demostrado que no estaba loco sino porque su locura no era razón para justificar el encierro (o en los términos de Alcalde, las Memorias como “producto singular de un trabajo de escritura prolongado a través de distintas remodelaciones durante ocho años en una zona aledaña de la literatura; como un artefacto retórico-persuasivo; como proyecto práctico de alguien que recurrió al escribir y publicar para modificar en su favor una situación dada”).

Este libro sirvió también para desatar las disidencias que incubaba Jung respecto del “pansexualismo” freudiano. Y a Freud aclarar los puntos oscuros respecto del suizo: su gusto por el ocultismo, la mitología y la teoría de los arquetipos, fundamento del inconsciente colectivo. Jung no aceptó jamás la teoría de la libido freudiana. Y acaso esa posición operara como excusa para distanciarse del vienés.

Lo otro de la razón

Esa posición, deudora de un romanticismo tardío, también le impidió a Jung entender que la locura, la paranoia particularmente, está sostenida en una serie de premisas (una lógica estructural) que, sin importar la conclusión, porque lo que importa es menos la operatoria que el contenido, implica una racionalidad tan estricta para el sujeto que la soporta como para el que la escucha, pero no para todas las personas de buena voluntad arropadas bajo una simbología de universalidad improbable. Por el contrario, es en ese punto que Canetti transforma al delirio de Schreber en una oportunidad, para diferenciarse de la masa y para confrontar al poder.

Memorias de un enfermo de nervios, pagado por el propio Daniel Paul Schreber, fue publicado por el editor Oswald Mutze, de Leipzig, en 1903. Enseguida, desapareció de librerías y dispensarios, pero dos reseñas –informa Calasso– en 1903 y 1904, habrían llamado la atención de Jung, entonces residente en la clínica del Burgholzli, bajo la dirección, durante esos años, de Eugen Bleuler. La edición acá comentada incluye el texto de Freud (en la versión de López Ballesteros, no en la de John Strachey), que nada cambia de los conceptos puestos en juego por el inventor del psicoanálisis, excepto para ciertos profesores que imaginan a Calasso un aficionado que, como editor, no se habría tomado el trabajo de incluir la versión de Strachey, supuestamente más ajustada, de Observaciones psicoanalíticas de un caso de paranoia.

Es posible que Calasso sea un aficionado, pero en este caso no tiene demasiada importancia. Porque lo que sí tiene importancia, y los profesores no subrayan o directamente ignoran, es que esos conceptos componen una trama, aplastada por una psicología que Jacques Lacan devolvió a los cuarteles policiales para volver a los textos de Schreber y de Freud y encontrar la forma de proponer una cuestión preliminar al tratamiento de las psicosis, retomando también ciertos protocolos de la psiquiatría clásica –en la que se había formado– con el objeto de formular sus propias hipótesis al respecto, sin abandonar a Freud, incorporando hallazgos de Gaetan de Clérambault (voces, ecos, automatismo mental: fenómenos elementales capaces de desencadenar una psicosis), y manteniendo un silencio irónico sobre las interpretaciones que daban por hecho que en su escrito Schreber no decía nada de valor sino disparates, delirios, locura.

Calasso persigue, lee y ordena la cronología teórica de esa locura, con una sutileza que la reacción ilustrada, en cambio, entiende solo como una flor venenosa crecida en el pacífico jardín de la normalidad burguesa.

Estas Memorias…, prologadas e interpretadas, constituyen también un casus belli para la historia del psicoanálisis y más particularmente, para la historia de la cultura occidental y sus representaciones de la locura, considerada como “lo otro de la razón”.

La psiquiatría decimonónica piensa que el alienado no tiene arreglo. Si no tiene arreglo, es lo mismo que esté encerrado, arrastrando grilletes o abandonado. Pero si no tiene arreglo por otras razones, se está reconociendo que en la locura opera una racionalidad que está por descubrirse.

En ese intento se juegan Jean-Marie Charcot, Bleuler (su discípulo), Karl Abraham, Jung y Freud. “Hay tres maneras de pensar el fenómeno de la locura, una vez arrancado al universo de la magia o la religión –reza el Diccionario de psicoanálisis elaborado por Elizabeth Roudinesco y Michel Plon–. La primera consiste en hacerla entrar en el marco nosológico construido por el saber psiquiátrico, y considerarla una psicosis; la segunda apunta a elaborar una antropología de sus diferentes manifestaciones en las distintas culturas (etnopsiquiatría, etnopsicoanálisis, sociología, psiquiatría transcultural); la tercera, finalmente, propone abordar la cuestión desde el ángulo de una escucha transferencial de la palabra, del deseo o la vivencia del hombre loco (psiquiatría dinámica, análisis existencial, fenomenología, psicoanálisis, antipsiquiatría)”.

El psicoanálisis incorpora así, de esa manera, otro nombre: Lacan, que no dice de la locura más que lo que escucha en las presentaciones en Saint Anne. Al contrario que los antipsiquiatras ingleses –empujados por el aire de época–, el diktat represivo del capitalismo de posguerra, Ronald Laing, David Cooper y Morton Schatzman se convencen de que la familia es una estructura tóxica, que merece desaparecer porque –como en el caso de Schreber– puede hacer estragos.

El antropólogo Claude Lévi-Strauss, inmunizado contra entusiasmos efímeros, dice en alguna entrevista que esos muchachos han confundido la familia con el átomo de parentesco. ¿Alguien lo escucha? En 1973, Schatzman publica El asesinato del alma, dando por sentado que es la relación entre el padre de Schreber, un pedagogo e higienista formado en los principios de la moralidad prusiana, y el hijo, la que produce la locura del segundo.

Sin querer (o sin saber), el psiquiatra británico convierte al loco en un oráculo (como los niños prefreudianos), y desatiende la estructura narrativa de las Memorias…, de un rigor notorio, que avanza por afuera de la novela familiar del neurótico para dar lugar a una reflexión sobre el universo (de discurso) usando una retórica jurídico-mística sin par.

Frente a ese rasgo, Freud no cede pero reconoce sus límites. Escribe Calasso: “En efecto, si Freud ha sentido la necesidad de excusarse, en su ensayo sobre Schreber, por la monotonía de las interpretaciones psicoanalíticas, derivadas de una supuesta monotonía de la sexualidad, es porque también él se ha dado cuenta, en este caso, de la desproporción entre el material a interpretar y el resultado de la interpretación”.

La enfermedad del poder

Masa y poder, el libro al que Canetti dedicó buena parte de su vida, incluye a Schreber: la paranoia sería una enfermedad del poder, y si escribe “enfermedad” es porque el antagonista, en este caso, es Dios, la invención más sofisticada para sojuzgar a los humanos, subrogado la mayoría de las veces bajo las formas del complot o de la conspiración dirigidos contra las excepción a la masificación, Schreber, para el caso. Pero ¿cómo entender entonces este enunciado: “Nadie tiene una mirada más aguda que el paranoico o el poderoso, que, como ahora tal vez ya se querrá admitir, son lo mismo en el fondo”? Sólo por la tendencia, en uno y otro caso, a ser los únicos, “o bien, en la forma más suave, más frecuentemente admitida, el deseo de servirse de los demás para volverse el único con su ayuda”. Si así fueran las cosas, lo que Canetti no dice, no porque no lo sepa sino porque su tesis también pretendería ser única, es que para volverse único con la ayuda de los otros, también hace falta su complicidad, consciente o inconsciente. A menos que al Otro se lo nombre Dios.

La perspectiva de Freud es otra, no tanto respecto a la masa o el poder sino sobre la paranoia, esa mecánica supletoria que estabilizada por la escucha, quizá logre de un sujeto una producción que le permita estar en el mundo con las mismas garantías a las de quienes, conformes con alguna identidad, son capaces de despertar, después de una noche apacible y reconocerse los mismos del día anterior. Este libro es una referencia clínica y política capaz de orientar la exploración por el abismo de esa nada, sea nombrada como delirio o como poder.

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