Junio del 2009

Funciones del Yo-piel

Por feyerabend - 9 de Junio, 2009, 11:06, Categoría: General

Funciones del Yo-piel

Didier Anzieu


Extraído de:
El yo-piel
Didier Anzieu
Biblioteca Nueva. Madrid, 1998

Mi fundamentación teórica se basa en dos principios generales. Uno específicamente freudiano: toda función psíquica se desarrolla apoyándose en una función corporal cuyo funcionamiento transpone al plano mental. Aunque Jean Laplanche (1) recomienda reservar el concepto de apuntalamiento al apoyo que las pulsiones sexuales encuentran en las funciones orgánicas de autoconservación, yo soy partidario de un sentido más amplio, porque el desarrollo del aparato psíquico se efectúa en grados sucesivos de ruptura con base biológica; rupturas que, por una parte, le permiten escapar a las leyes biológicas y, por otra , hacen necesaria la búsqueda de un apuntalamiento de todas las funciones psíquicas en funciones del cuerpo. El segundo principio, igualmente conocido por Freud, es Jacksoniano: a lo largo de su evolución, el desarrollo del sistema nervioso presenta una particularidad que no se encuentra en los otros sistemas orgánicos; a saber, que el órgano más reciente y más cercano de la superficie—el córtex—, tiende a tomar la dirección del sistema cuando integra los otros subsistemas neurológicos. Esto sucede también con el Yo consciente, que dentro del aparato psíquico tiende a ocupar la superficie en contacto con el mundo exterior y a controlar el funcionamiento de este aparato. Igualmente se sabe que la piel (superficie del cuerpo) y el cerebro (superficie del sistema nervioso) derivan de la misma estructura embrionaria, el ectodermo.
Para mi, como psicoanalista, la piel tiene una importancia capital: proporciona al aparato psíquico las representaciones constitutivas del Yo y de sus principales funciones. Y, en su momento, esta constatación se inscribe en el cuadro de la teoría general de la evolución. Desde los mamíferos hasta el hombre, el cerebro no solamente aumenta sino que se hace más complejo. La piel pierde su dureza y sus pelos. Los pelos subsisten apenas sólo en el cráneo, aumentando su papel protector del cerebro, y alrededor de los orificios corporales de la cara y del tronco, donde refuerzan la sensibilidad e incluso la sensualidad. Como demostró Imre Hermann (2), la pulsión de agarramiento de cualquier pequeño a su madre es más difícil de satisfacer en la especie humana y se manifiesta en las angustias intensas precoces y prolongadas de pérdida de la protección, de falta de objeto soporte y en un desamparo que ha sido calificado de originario. Como contrapartida, la pulsión de apego toma, en el pequeño humano, una importancia tanto más considerable cuanto que la infancia humana es proporcionalmente más larga que la de otras especies. Esta pulsión tiene por objeto la localización, primero en la madre y después en el grupo familiar que toma el relevo, de las señales—sonrisa, suavidad del contacto, calor físico del abrazo, diversidad de emisiones sonoras, solidez del transporte, acunamiento, disponibilidad para dar el alimento, los cuidados, la compañia—que proporcionan indicios de la realidad exterior y de su continuidad, por una parte, y, por otra, de los afectos vividos por la compañera, especialmente como respuesta fundamental a los afectos del bebé. Nos encontramos aquí ya no en el registro de la satisfación de las necesidades vitales de autoconservación (alimento, respiración, sueño) sobre las que los deseos sexuales y agresivos van a constituirse por apuntalamiento, sino en el de la comunicación (preverbal e infralingüistica) sobre la que el intercambio de lenguajes encuentra oportuno apoyarse.
A menudo los dos registros funcionan simultáneamente: la mamada, por ejemplo, proporciona la ocasión de las comunicaciones táctiles, visuales, sonoras y olfativas. Pero sabemos que una satisfacción material de las necesidades vitales, sistemáticamente desprovista de esos intercambios sensoriales y afectivos, puede conducir al hospitalismo o al autismo. Se comprueba igualmente que, con el crecimiento del bebé, la parte que dedican él y su entorno a comunicar por comunicar va creciendo independientemente de las necesidades de autoconservación. La comunicación originaria es una comunicación directa en la realidad y más aún en la fantasía, no mediatizada, de piel a piel.
Freud, en «El Yo y el Ello» (3), ha demostrado que no sólo los mecanismos de defensa y los rasgos del carácter derivan, por apoyo y por transformación, de actividades corporales, sino que sucede lo mismo con las instancias psíquicas: Las pulsiones psíquicas que constituyen el Ello derivan de los instintos biológicos; lo que va a llamar el Superyó «tiene raíces acústicas», y el Yo se constituye, primero, a partir de la experiencia táctil. A lo que me parece necesario añadir que preexiste una tópica más arcaica, tal vez originaria, con el sentimiento de existencia del Sí-mismo: Si-mismo en torno al cual se diferencia un Yo a partir de la experiencia táctil; Si-mismo en cuyo exterior se proyectan tanto los estímulos endógenos como los exógenos. La tópica secundaria (Ello, Yo, con su apéndice el Yo ideal, Superyó formando pareja con el ideal del Yo) se organiza cuando la envoltura visual —fundamentalmente bajo los efectos de la prohibición primaria del tocar—sustituye a la envoltura táctil, proporcionando al Yo el apoyo esencial, cuando los representantes de cosas (principalmente visuales) se asocian, en el preconsciente que se desarrolla entonces, con representantes de palabras (proporcionados por la adquisición de la palabra) y cuando se adquieren las diferenciaciones, por una parte, del Yo y del Superyó y, por otra, de la estimulación externa y de la extracción pulsional.
En mi más importante articulo de 1974 sobre el Yo-piel le asignaba yo tres funciones: una función de barrera protectora del psiquismo y una función de filtro de los intercambios y de inscripción de los primeros rasgos, función que hace posible la representación. A estas tres funciones corresponden tres figuraciones: el saco, la pantalla y el tamiz. El trabajo de Pasche (4) sobre Le Bouclier de Persée me lleva a tomar en consideración una cuarta funcion, la de espejo de la realidad.

Las nueve funciones del Yo-piel

Voy a realizar ahora el establecimiento de un paralelo más sistemático entre las funciones de la piel y las funciones del Yo, intentando precisar, para cada una, el modo de correspondencia entre lo orgánico y lo psíquico, los tipos de angustia unidos a la patología de esta función y las representaciones del trastorno del Yo-piel que la clínica nos aporta. El orden que voy a seguir no obedece a ningún principio de clasificación riguroso. Tampoco pretendo ser exhaustivo en cuanto al inventario de estas funciones que va a permanecer abierto.

1) Lo mismo que la piel cumple una función de sostenimiento del esqueleto y de los músculos, el Yo-piel cumple la de mantenimiento del psiquismo. La función biológica se ejerce por lo que Winnicott (5) llamó holding; es decir, por la forma en que la madre sostiene el cuerpo del bebé. La función psíquica se desarrolla por interiorización del holding materno. El Yo-piel es una parte de la madre—especialmente sus manos—que ha sido interiorizada y que mantiene el funcionamiento del psiquismo, al menos durante la vigilia, de la misma forma que la madre mantiene en ese mismo tiempo el cuerpo del bebé en un estado de unidad y de solidez. La capacidad del bebé para mantenerse psíquicamente a sí mismo condiciona el acceso a la posición de sentado, después a la de de pie y a la de marcha. El apoyo externo sobre el cuerpo materno conduce al bebé a adquirir el apoyo inferno sobre su columna vertebral, como una espina sólida que le permite ponerse derecho. Uno de los núcleos que anticipan el Yo consiste en la sensación-imagen de un falo interno materno o, más generalmente, parental, que asegura al espacio mental, en vías de constituirse un primer eje, del orden de la verticalidad y de la lucha contra la pesantez y que prepara la experiencia de tener una vida psíquica para sí. Adosándose a este eje, el Yo hace actuar a los mecanismos de defensa más arcaicos, como la escisión y la identificación proyectiva. Pero solamente puede adosarse a este soporte con toda seguridad si está seguro de tener en su cuerpo zonas de contacto estrecho y estable con la piel, los músculos y las palmas de la mano de la madre (y de las personas de su entorno primario) y, en la periferia de su psiquismo, un circulo reciproco con el psiquismo de la madre (lo que Sami-Ali (6) ha llamado "inclusión mutua").
Blaise Pascal, tempranamente huérfano de madre, teorizó muy bien en física, después en psicología y en la apologética religiosa, sobre este horror del vacío interior durante mucho tiempo atribuido a la naturaleza y sobre esta falta del objeto soporte necesario al psiquismo para que éste encuentre su centro de gravedad. Francis Bacon pinta en sus cuadros los cuerpos decadentes a quienes la piel y los vestidos aseguran una unidad superficial, pero que están desprovistos de esta espina dorsal que mantiene el cuerpo y el pensamiento: pieles llenas de sustancias más liquidas que sólidas, lo cual corresponde muy bien a la imagen del cuerpo del alcohólico (7).
Lo que aquí está en juego no es la incorporación fantasmática del pecho nutricio, sino la identificación primaria con un objeto soporte contra el cual el niño se abraza y que lo tiene en brazos; es más bien la pulsión de agarramiento o de apego la que encuentra mayor satisfacción que la libido. La unión, cara a cara, del cuerpo del niño con el cuerpo de la madre, está vinculada con la pulsión sexual que encuentra satisfacción a nivel oral en la mamada y en esta manifestación de amor que es el abrazo. Los adultos que se aman encuentran generalmente este tipo de acoplamiento para dar satisfación a sus pulsiones sexuales a nivel genital. En cambio, la identificación primaria con el objeto soporte supone otro dispositivo especial que se presenta con dos variantes complementarias: Grotstein (8), discípulo californiano de Bion, ha sido el primero que las ha precisado: espalda del niño contra vientre de la persona objeto-soporte (back-ground object), vientre del niño contra la espalda de ésta.
En la primera variante, el niño está adosado al objeto soporte que se moldea ahuecándose sobre él. Se siente protegido por su parte posterior; es la espalda la única parte de su cuerpo que no se puede ni tocar ni ver. La pesadilla frecuente en los niños con fiebre, de una superficie que se arruga, se comba, se desgarra, llena de jorobas y de agujeros, traduce de forma figurativa la espera de la representación aseguradora de una piel común con el objeto soporte que le sostiene. Esta superficie que desfallece puede ser interpretada por el soñador como una ondulación de serpientes, pero seria un error de interpretación el entenderla únicamente como un símbolo fálico. La presencia de muchas serpientes reptando no tiene el mismo sentido que la de una serpiente única que se pone derecha. Grotstein cita uno de estos sueños de una niña pequeña aportado por la madre que se analizaba con él.
«Su hija se despertó en medio de la noche viendo serpientes por todas partes, incluso en el suelo por el que ella caminaba. Corrió a la habitación de su madre y, saltando sobre ella, puso su espalda contra el vientre de su madre. Era éste el único sitio donde podía encontrar consuelo. Aunque la paciente era la madre y no la niña, sus asociaciones en relación con este acontecimiento establecieron, inmediatamente, el hecho de que la madre se había identificado con su niña. Era ella la niña pequeña que deseaba tenderse sobre mi para procurarse el «soporte» (backing), la protección y la cobertura (rearing) de los que ella se había sentido privada por sus propios padres» (9).
La segunda posición, la del niño tumbado juntando la parte de delante de su cuerpo a la espalda de la persona que cumple para él la función de objeto soporte, aporta al interesado la sensación sentimiento de que la parte más apreciada y frágil de su cuerpo, es decir, su vientre, está protegida detrás de la pantalla protectora, el para-excitación originario que es el cuerpo de este otro mantenedor. Esta experiencia empieza generalmente con uno u otro de los padres (incluso con ambos); puede continuar durante bastante tiempo con un hermano o hermana con quien el niño comparte la cama. (Hasta su psicoanálisis con Bion, Samuel Beckett no era capaz de vencer la angustia del insomnio si no dormía unido a su hermano mayor). Una de mis pacientes, educada por una pareja de padres violentos y desunidos, encontraba su seguridad interior, hasta la prepubertad, durmiéndose así pegada a su hermana pequeña, con quien compartía la cama. Aquella de las dos que tuviera más miedo «hacía de silla» (ésta era su expresión) para acoger y abrazar contra ella el cuerpo tranquilizador de la otra. Durante toda una fase de su análisis su transferencia me invitaba implícitamente, a mi también, a hacer de silla: me reclamaba la alternancia de mis asociaciones libres con las suyas, la confesión de mis pensamientos y sentimientos, de mis angustias; me proponía el acercamiento de su cuerpo, sin comprender por qué yo rechazaba el que ella viniera a sentarse sobre mis rodillas. Tuve que analizar primero como una sexualización defensiva la seducción histérica con la que ella cubría su petición; después pudimos elaborar su angustia por la pérdida del objeto soporte.
Grotstein relata otro tipo de ejemplo significativo: «Pacientes en análisis, frecuentemente, me han contado sueños en los que ellos conducían un coche desde el asiento de atrás. Las asociaciones a estos sueños conducían, casi invariablemente, a la noción de tener un «soporte» (backing) defectuoso y, como consecuencia, una dificultad para la autonomía». Grotstein propone incluso un juego de palabras intraducible: porque el objeto-soporte está «detrás» o «debajo» (he under stands), proporciona el paradigma de la «comprensión» (understanding)

2) A la piel, que recubre la superficie entera del cuerpo y que es donde se insertan todos los órganos de los sentidos externos, responde la función de continente del Yo-piel. Esta función se ejerce principalmente por el handling materno. La sensación-imagen de la piel como saco se despierta en el bebé por los cuidados del cuerpo que, de acuerdo con sus necesidades, le procura la madre. El Yo-piel como representación psíquica emerge de los juegos entre el cuerpo de la madre y el cuerpo del niño, así como de las respuestas de la madre a las sensaciones y a las emociones del bebé; respuestas gestuales y vocales, porque la envoltura sonora refuerza entonces la envoltura táctil, respuestas de carácter circular en las que las ecolalias y las ecopraxias del uno imitan las del otro, respuestas que permiten al niño pequeño experimentar progresivamente esas sensaciones y esas emociones independientemente, sin sentirse destruido. R. Kaes (10) distingue dos aspectos de esta función. El «continente» propiamente dicho, estable e inmóvil, se ofrece como receptáculo pasivo para ser depósito de las sensaciones-imágenes-afectos del bebé, neutralizadas y conservadas así. El «continente» corresponde al aspecto activo, a la ensoñación materna según Bion, a la identificación proyectiva, al ejercicio de la función alfa que elabora, transforma y restituye al interesado sus sensaciones-imágenes-afectos ya representables.
Lo mismo que la piel envuelve todo el cuerpo, el Yo-piel pretende envolver todo el aparato psíquico, pretensión que parece abusiva pero que al principio es necesaria . En este caso , el Yo- pi el está representado como corteza y el Ello pulsional como núcleo, teniendo cada uno de los dos términos necesidad del otro. El Yo-piel solamente es continente si tiene pulsiones que contener, que localizar en las fuentes corporales, y, más tarde, que diferenciar. La pulsión no se siente como empuje, como fuerza motriz, si no encuentra limites y puntos específicos de inserción en el espacio mental en el que se despliega, sino solamente si su fuente se proyecta en las regiones del cuerpo dotadas de una excitabilidad especial. Esta complementariedad de la corteza y del núcleo es el fundamento del sentimiento de la continuidad del Sí-mismo.
Dos formas de angustia dan respuesta a la carencia de esta función contenedora del Yo- piel. La angustia de una excitación pulsional difusa, permanente, esparcida, no localizable, no identificable, no apaciguable, que traduce una topografía psíquica por un núcleo sin corteza; el individuo busca una corteza sustitutiva en el dolor físico o en la angustia psíquica; se envuelve en el sufrimiento. En el segundo caso, la envoltura existe, pero su continuidad está interrumpida por agujeros. Es un Yo-piel colador; los pensamientos, los recuerdos se conservan con dificultad; huyen. La angustia de tener un interior que se vacía es considerable, especialmente la de la agresividad necesaria a toda afirmación de si. Estos agujeros psíquicos pueden instalarse en los poros de la piel: la próxima observación de Getsemani (11) nos muestra a un paciente que transpira durante las sesiones y que lanza de este modo, sobre su psicoanalista, una agresividad nauseabunda que no puede ni retener ni elaborar, en tanto que su representación inconsciente de un Yo-piel colador no haya sido interpretada.


3) La capa superficial de la epidermis protege su capa sensible (aquella en la que se encuentran las terminaciones libres de los nervios y los corpúsculos del tacto, y el organismo en general, contra las agresiones físicas, las radiaciones y el exceso de estímulos. Ya en el «Proyecto de una psicología para neurólogos» de 1895, Freud reconoció una función de para-excitación paralela al Yo. En «El bloc maravilloso» (12), precisa muy bien que el Yo (como la epidermis: pero Freud no hace siempre esta precisión) presenta una estructura en doble hoja. En el «Proyecto» de 1895 Freud da a entender que la madre sirve al bebé de para-excitación auxiliar, y lo hace—soy yo quien lo añade—hasta que el Yo, en su crecimiento, encuentre, sobre su propia piel, un apoyo suficiente para asumir esta función de forma. De forma general, el Yo-piel es una estructura, virtual en el nacimiento, que se actualiza durante la relación entre el lactante y el entorno primario; el origen lejano de esta estructura se remontaría a la aparición misma de los organismos vivos.
Los excesos y los déficits del para-excitación ofrecen distintas problemáticas con apariencias muy variadas. Frances Tustin (13) ha descrito las dos imágenes del cuerpo que pertenecen al autismo primario y secundario respectivamente: el Yo-palpa (cuando ninguna de Las funciones del Yo-piel han sido adquiridas, ni las de soporte, ni de continente, ni de para-excitación, y cuando la doble hoja aún no ha sido bosquejada), el Yo- crustáceo, con un caparazón rígido que reemplaza al contenedor ausente y que impide el engranaje de las siguientes funciones del Yo-piel.
La angustia paranoide de intrusión psíquica se presenta con dos formas: a) me roban mis pensamientos (persecución); b) me infunden pensamientos (máquina de influenciar). Aquí las funciones de para-excitación y de contenedor existen de forma distinta pero suficiente.
La angustia de la pérdida del objeto, que cumple el papel de para-excitación auxiliar, aumenta al máximo cuando la madre del niño ha entregado a éste a su propia madre para que lo eduque (es decir, a la abuela materna del niño), y cuando ésta se ocupa del niño con tal perfección cualitativa y cuantitativa que el niño no ha podido conocer la posibilidad ni la necesidad de proporcionarse un autoapuntalamiento. La toxicomanía puede aparecer entonces como una solución para constituir una barrera de niebla o de humo entre el Yo y los estímulos externos.
El para-excitación puede ser buscado como apoyo en la dermis a falta de epidermis: esta es la segunda piel muscular (14), la coraza caracterial (15).

4) La membrana de las células orgánicas protege la individualidad de la célula, distinguiendo los cuerpos extraños, cuya entrada impide, de las sustancias parecidas o complementarias que decide admitir y asociar. Por su granulación, color, textura y olor, la piel humana presenta diferencias individuales considerables. Estas pueden ser narcisisticamente, incluso socialmente, sobreinvestidas. Permiten distinguir, en los demás, los objetos de apego y de amor y afirmarse a sí mismo como un individuo que tiene su propia piel. A su vez, el Yo-piel asegura una función de individuación del Si-mismo, que le aporta el sentimiento de ser un ser único. La angustia que describe Freud (16) de la «inquietante extrañeza» está unida a una amenaza hacia la individualidad del Sí-mismo por debilitamiento del sentimiento de sus fronteras.
En la esquizofrenia, toda la realidad externa (mal diferenciada de la realidad interna) está considerada como peligrosa de asimilar. La pérdida del sentido de la realidad permite el mantenimiento, a toda costa, del sentimiento de unidad del Sí-mismo.


5) La piel es una superficie que contiene bolsas, cavidades donde se alojan los órganos de los sentidos que no son los del tacto (que están insertados en la misma epidermis). El Yo- piel es una superficie psíquica que une las sensaciones de distintas naturalezas y que las destaca como figuras sobre este fondo originario que es la envoltura táctil: esta es la función de intersensorialidad del Yo-piel, que desemboca en la constitución de un «sentido común» (el sensoriam commune de la filosofía medieval), cuya referencia básica se realiza siempre por medio del tacto. La angustia de fraccionamiento del cuerpo responde a la carencia de esta función; más precisamente, la del desmantelamiento (17), es decir, la de un funcionamiento independiente anárquico de los distintos órganos de los sentidos. Más adelante mostraré el papel decisivo de la prohibición del tocar, cuando me refiero a la envoltura táctil continente del espacio intersensorial que prepara la simbolización. En la realidad neurofisiológica es en el encéfalo donde se efectúa la integración de las informaciones que provienen de los diversos órganos de los sentidos; la intersensorialidad es, pues, una función del sistema nervioso central o, más globalmente, del ectodermo (de donde parten simultáneamente la piel y el sistema nervioso central). En la realidad psíquica, por el contrario, este papel se ignore y existe una representación imaginaria de la piel como telón de fondo, como superficie originaria sobre la cual se despliegan las interconexiones sensoriales.


6) La piel del bebé es objeto de carga libidinal de la madre. El alimento y los cuidados se acompañan de contactos piel a piel, generalmente agradables, que preparan al autoerotismo y que sitúan los placeres de piel como telón de fondo habitual de los placeres sexuales. Estos se localizan en ciertas zonas eréctiles o en ciertos orificios (excrecencias y bolsas) donde la capa superficial de la epidermis es más delgada, por lo que el contacto directo con la mucosa produce una sobreexcitación. El Yo-piel cumple la función de superficie de sostén de la excitación sexual, superficie en la que, en el case de un desarrollo normal, se pueden localizar zonas erógenas, reconocer la diferencia de sexos y su complementariedad. El ejercicio de esta función puede ser autosuficiente: el Yo-piel capta la carga libidinal en toda su superficie y se convierte en una envoltura de excitación sexual global. Esta configuración es el fundamento de la teoría sexual infantil sin duda más arcaica, según la cual la sexualidad se limita a los placeres del contacto piel con piel y el embarazo se produce por un simple abrazo corporal y por un beso. A falta de una descarga satisfactoria, esta envoltura de excitación erógena puede transformarse en envoltura de angustia
Si la carga de la piel es más narcisistica que libidinal, la envoltura de excitación puede reemplazarse por una envoltura narcisística brillante, como para conceder a su poseedor la invulnerabilidad , inmortal y heroica.
Si el sostenimiento de la excitación sexual no está asegurado, el individuo convertido en adulto no se siente con la seguridad suficiente para comprometerse en una relación sexual complete que desemboque en una satisfacción genital mutua.
Si las excrecencias y los orificios sexuales son lugar de experiencias halógenas más que erógenas, la representación de un Yo-piel agujereado se encuentra reforzada, la angustia persecutoria aumentada, la predisposición a las perversiones sexuales que pretenden convertir el dolor en placer acrecentada.


7) A la piel, como superficie de estimulo permanente del tono sensomotor por las excitaciones externas, responde la función del Yo-piel de recarga libidinal del funcionamiento psíquico, de mantenimiento de la tensión energética interna y de su distribución desigual entre los subsistemas psíquicos (18). Los fallos de esta función producen dos tipos antagónicos de angustia: la angustia de la explosión del aparato psíquico bajo el efecto de la sobrecarga de excitación (la crisis epiléptica, por ejemplo, cf. H. Beauchesne, 1980); la angustia de Nirvana, es decir, la angustia ante lo que sería la realización del deseo de una reducción de la tensión cero.


8) La piel, con los órganos de los sentidos táctiles que contiene (tacto, dolor, calor-frio, sensibilidad dermatóptica), proporciona informaciones directas sobre el mundo exterior (que inmediatamente son recuperadas por el «sentido común» con las informaciones sonoras, visuales, etc.). El Yo-piel realiza la función de inscripción de huellas sensoriales táctiles, función de pictograma según Piera Castoriadis Aulagnier (19), de escudo de Perseo que remite en espejo una imagen de la realidad según F. Pasche (20). Esta función está reforzada por el entorno materno, en la medida en que realiza su papel de «presentación del objeto» (21) en relación con el niño pequeño. Esta función del Yo-piel se desarrolla con un doble apoyo, biológico y social. Biológico: un primer dibujo de la realidad se imprime en la piel. Social: la pertenencia de un individuo a un grupo social está marcada por incisiones, escarificaciones, pinturas, tatuajes, maquillajes, peinados y sus dobles, que son los vestidos. El Yo-piel es el pergamino originario que conserva, a la manera de un palimpsesto, los.garabatos tachados, raspados, sobrecargados de una escritura «originaria» preverbal, hecha de trazas cutáneas.
Una primera forma de angustia relativa a esta función es la de estar marcado en la superficie del cuerpo y del Yo por inscripciones infamantes e indelebles que tienen su origen en el Superyó (Los rubores, el eczema, las heridas simbólicas, según Bettelheim (22), la máquina infernal de la Colonia Penitenciaria de Kafka (1914-1919) que graba en la piel del condenado, en letras góticas, hasta la muerte, el articulo de l código que éste ha transgredido) . La angustia en verse se refiere al peligro de desaparición de las inscripciones por efecto de su saturación, esto es, la pérdida de la capacidad de fijar las huellas, en el sueño, por ejemplo. La película que permite el desarrollo de los sueños propone entonces al aparato psíquico la imagen visual de un Yo-piel restituido en su función de superficie sensible.


9) Todas las funciones precedentes están al servicio de la pulsión de apego y, después, de la pulsión libidinal. ¿No podría existir una función negativa del Yo-piel, una especie de antifunción, al servicio de Tanatos, que tendiera a la autodestrucción de la piel y del Yo? Los progresos de la inmunologia, desencadenados por el estudio de las resistencias del organismo a los trasplantes de órganos , nos encaminan hacia reacciones del organismo vivo. Las incompatibilidades entre donador y receptor de órganos, que nos confirman que no existen dos seres humanos idénticos sobre la tierra (salvo en el caso de los verdaderos gemelos), nos han permitido conocer, por otra parte, la importancia de los marcadores moleculares de la «personalidad biológica»; cuanto más similares son estos marcadores entre el donador y el receptor mayor es la posibilidad de éxito en los trasplantes (Jean Hamburger); y estas similitudes proceden de la existencia de una pluralidad de diferentes grupos de glóbulos blancos que se revelan como marcadores, no solamente de dichos glóbulos, sino de la personalidad entera (23).
Los biólogos han tenido que recurrir, sin saber lo que estaban haciendo, a nociones—el Si- mismo, el No-Yo—análogas a las que algunos sucesores de Freud forjaron para completar la segunda concepción tópica del aparato psíquico. En muchas enfermedades, el sistema inmunológico puede ponerse en movimiento, equivocada o acertadamente, para atacar cualquier órgano del cuerpo como si fuera un injerto extraño. Estos son los fenómenos autoinmunes, lo que etimológicamente quiere decir que el organismo vivo vuelve contra si mismo la reacción inmunológica o inmune. La defensa celular está hecha para rechazar los tejidos extraños—el No Si-mismo, dicen los biólogos—, pero es, a veces, lo bastante ciega para como atacarse a Si-misma, mientras que en estado de salud se respeta totalmente: de aqui que las enfermedades autoinmunes sean a menudo graves
Como analista me sorprende la analogía entre la reacción autoinmune, por una parte, y, por otra, la vuelta de la pulsión sobre sí misma, la reacción terapeútica negativa, así como los ataques contra los vínculos en general y contra los continentes psíquicos en particular. Me doy cuenta, también, de que la distinción entre lo familiar y lo extraño (24) o entre el Yo y el no no-Yo (me and not me, según Winnicott) tiene sus raíces biológicas a nivel de la célula misma, por lo que propongo la hipótesis de que la piel, como envoltura del cuerpo, constituye la realidad intermediaria entre la membrana celular (que recoge, clasifica y transmite la información en cuanto al carácter extraño o no de los iones) y la interfaz psíquica que es el sistema de percepción-conciencia del Yo.
La medicina psicosomática ha descubierto una inversión de las señales de seguridad y de peligro en la estructura alérgica: la familiaridad, en lugar de ser protectora y tranquilizante se rechaza como mala, y la extrañeza, en lugar de ser inquietante, se muestra atractiva: de aquí la reacción paradójica del alérgico y también del toxicómano que evita lo que puede hacerle bien y que está fascinado por lo que le es nocivo. El hecho de que la estructura alérgica se presente a menudo bajo la forma de una alternancia asma-eczema permite precisar la configuración del Yo-piel que está en juego. Al principio se trata de paliar las insuficiencias del Yo-piel -bolsa para delimitar una esfera psíquica interna en orden al volumen, es decir, podrá pasar de una representación bidimensional a una representación tridimensional del aparato psíquico (25). Las dos afecciones corresponden a los dos modos posibles de acercamiento de la superficie de esta esfera: por el interior y por el exterior. El asma es una tentativa de sentir por dentro la envoltura constitutiva del Yo corporal: el enfermo se hincha de aire hasta sentir desde dentro las fronteras de su cuerpo y hasta asegurarse los limites ampliados de su Si-mismo; para preservar esta sensación de Si-mismo-bolsa inflada permanece en apnea, con el peligro de bloquear el ritmo de intercambio respiratorio con el medio y de ahogarse. La observación de Pandora lo ilustra. El eczema es una tentativa para sentir desde fuera esta superficie corporal del Si-mismo, en sus desgarramientos dolorosos, su contacto rugoso, su visión vergonzante y, también, como envoltura de color y de excitaciones erógenas difusas.
En la psicosis, especialmente en la esquizofrenia, la paradoja que la alergia suscita es llevada al paroxismo. El funcionamiento psíquico está dominado por lo que Paul Wiener (26) ha llamado la reacción antifisiológica . La con fianza en el funcionamiento natural del organismo está destruida o no ha sido adquirida. Lo natural es vivido como artificial; lo vivo se asimila a lo mecánico; lo que es bueno en la vida y para la vida se percibe como un peligro mortal. Tal funcionamiento psíquico paradójico altera, por una reacción circular, la percepción del funcionamiento corporal que se presenta nuevamente reforzado en sus paradojas. Aquí la configuración paradójica subyacente del Yo-piel conlleva la no adquisición de las distinciones fundamentales: vigilia-sueño, sueño-realidad, animado- inanimado. La observación de Eurídice (27) nos proporciona un ejemplo limitado en una paciente no psicótica, pero que se siente amenazada de confusión mental. El restablecimiento de la confianza en un funcionamiento natural y feliz del organismo (a condición de que éste encuentre el eco suficiente a sus necesidades dentro del medio) es una de las tareas esenciales del psicoanalista en relación con dichos pacientes, una tarea ardua y repetitiva de acuerdo con los intentos inconscientes del paciente para paralizar al psicoanalista cogido en la trampa de la transferencia paradójica (28) y para conducirlo a su propio fracaso.
Los ataques inconscientes contra el continente psíquico, que puede ser que se apoyen sobre los fenómenos orgánicos autoinmunes, tengo la impresión de que proceden de partes del Si-mismo fusionadas a la pulsión de autodestrucción inherente al Ello, deportadas a la periferia del Si-mismo, enquistadas en la capa superficial que es el Yo-piel, cuya continuidad socavan allí mismo, cuya cohesividad destruyen y cuyas funciones alteran invirtiendo sus fines. La piel imaginaria con la que el Yo se recubre se convierte en una túnica envenenada, ahogante, abrasadora, desagregante. Se podría, pues, hablar de una función tóxica del Yo-piel.
Esta lista de nueve funciones psíquicas del Yo, homólogas a las funciones biológicas de la piel, no es, desde mi punto de vista, ni inmutable ni exhaustiva. Proporciona una clave que los hechos tendrán que prober, y permanece abierta y mejorable para facilitar la observación clínica, el diagnóstico psicopatológico, la conducta de las psicoterapias y la técnica de la interpretación psicoanalítica.
En cuanto a las funciones de la piel que no he evocado aún (29), se podría, llevando más lejos el espiritu del sistema, proponer el hacerlas corresponder incluso a otras funciones del Yo:
—Función de almacenamiento (por ejemplo, de las grasas): comparable a la función mnésica; aunque ésta surge de las zones preconscientes del aparato psiquico y no pertenece —Freud insiste en ello—a su «superficie», caracterizada por los sistemas de percepción-conciencia.
—Función de producción (por ejemplo, de los pelos y de las uñas): comparable a la producción de los mecanismos de defensa por la zona del Yo (ésta también preconsciente e incluso inconsciente).
—Función de emisión (por ejemplo, de sudor, de ferhormonas (30)): comparable a la precedente, porque la proyección constituye, en efecto, uno de los mecanismos de defensa más arcaicos del Yo; pero conviene articularlo con una configuración tópica especifica que he descrito como Yo-piel colador
Se podría comparar también algunas funciones, al menos ciertas tendencias del Yo-piel, con características estructurales (ya no funcionales) de la piel. Por ejemplo, el hecho de que la piel tenga la mayor superficie y el mayor peso de todos los órganos del cuerpo, correspondería la pretensión del Yo de envolver la totalidad del aparato psíquico y tener el mayor peso en su funcionamiento. Igualmente, la tendencia al ajuste de las hojas externas e internas del Yo-piel, así como de las envolturas psíquicas (sensoriales, musculares y rítmicas) parece relacionada con el enmarañamiento de las capas que componen la epidermis, la dermis y la hipodermis. La complejidad del Yo y la multiplicidad de sus funciones podrían igualmente ser comparadas con la existencia de numerosas e importantes diferencias de estructura y de función, de un punto a otro de la piel (por ejemplo, la densidad de los diferentes tipos de glándulas, de corpúsculos sensoriales, etc.).


Un caso de masoquismo perverso
Observación del Señor M.

El caso, bastante excepcional, del Señor M;, aportado por Michel de M'uzan (31) con anterioridad a mi primer artículo sobre el Yo-piel (32), no corresponde a una indicación de cura psicoanalítica, por lo que fue objeto de sólo dos entrevistas con este colega. Mi perspectiva de las nueve funciones del Yo-piel permite reinterpretarlo con posterioridad, poniendo en evidencia la alteración de la casi totalidad de las funciones del Yo-piel (el inventario que de ellas hago queda así indirectamente validado) en los casos graves de masoquismo y la necesidad de recurrir a prácticas perversas para restablecer estas funciones.
Para el Señor M., que no sin razón es radioelectricista, la función de sostenimiento está artificialmente asegurada por la introducción de trozos de metal y de vidrio bajo toda la piel (se trata, pues, aquí, de una segunda piel ya no muscular, sino metálica), fundamentalmente de agujas en los testiculos y el pene, de dos anillos de acero colocados respectivamente en la extremidad de la verga y en el origen de las bolsas, de tiras cortadas de la piel de la espalda con la finalidad de suspender al Señor M. de unos ganchos de carnicero, mientras que un sádico le sodomiza.
Los fallos de la función de continente del Yo-piel, son materializados no solamente por las innumerables cicatrices de quemaduras y de desgarros esparcidos por toda la superficie del cuerpo, sino también por el cepillado de ciertas excrecencias (seno derecho arrancado, dedo pequeño del pie derecho cortado con la sierra de metal), por el taponamiento de algunos agujeros (ombligo lleno de plomo fundido), por el alargamiento artificial de algunos orificios (ano, fondo del glande). Esta función de continente se restablece por la instauración repetitiva de una envoltura de sufrimiento, gracias a la gran diversidad, ingeniosidad y crueldad de los instrumentos y de las técnicas de tortura: la fantasía de la piel arrancada debe ser reavivada permanentemente, en el masoquista perverso, para que pueda reapropiarse de un Yo-piel.
La función de para-excitación está tan mal realizada que llega al punto limite irreversible en el que el peligro resulta mortal para el organismo. El señor M. siempre ha salido intacto de esta situación limite (no ha tenido ni una enfermedad grave ni la locura), mientras que su joven esposa, con quien hizo el descubrimiento mutuo de las perversiones masoquistas, murió de agotamiento consecutivo a los malos tratos soportados. El señor M. puja muy alto jugando a un juego de desafío a la muerte.
La función de individuación del Si-mismo sólo puede realizarse dentro del sufrimiento físico (las torturas) y moral (las humillaciones); la introducción sistemática de sustancias no orgánicas bajo la piel, la ingestión de materias repugnantes (la orina, los excrementos del compañero) muestran la fragilidad de esta función; la distinción del cuerpo propio y de los cuerpos extraños se pone en tela de juicio sin cesar.
La función de intersensorialidad es, sin duda, la que mejor se respeta (lo que explica la excelente adaptación profesional y social del señor M.).
La función de sostén de la excitación sexual y la de recarga libidinal del Yo-piel están igualmente preservadas y activadas, mas al precio de los sufrimientos limite que acabamos de evocar. El señor M. no sale ni abatido ni deprimido de sus sesiones de prácticas perversas, ni simplemente cansado: Las sesiones lo tonifican. No llega a la satisfacción sexual ni penetrando ni siendo penetrado, sino, al principio, por la masturbación, después sólo por el espectáculo de escenas perversas (por ejemplo, la de su mujer sufriendo la crueldad de un sádico), acompañado de una excitación de toda su piel sometida también a castigos. «Toda la superficie de mi cuerpo era excitable por medio del dolor.» «La eyaculación llegaba en el momento en el que el dolor era más fuerte... después de la eyaculación, sufría sin más» (33).
La función de inscripción de los signos está sobreactivada. Numerosos tatuajes cubren el cuerpo entero, exceptuando la cara; por ejemplo, sobre las nalgas: «Cita con las buenas colas»; sobre los muslos y el vientre: «Viva el masoquismo», «Soy una perra cachonda», «Servíos de mi como de una hembra, os lo pasaréis muy bien», etc. (34). Todas estas inscripciones atestiguan una identificación específica con la anatomía femenina, con erogenización del conjuto de la superficie de la piel, y la invitación a hacer gozar al compañero por diversos orificios (boca, ano) por los que él mismo no goza.
Finalmente, la función que he llamado tóxica del Yo-piel (es decir, autodestructiva) llega al paroxismo. La piel se convierte en la fuente y el objeto de los procesos destructores. Pero la escisión de las pulsiones de vida y de las de muerte no es más que pasajera, a diferencia de las psicosis, en las que es definitiva. En el momento en que el juego con la muerte se convierte en suicida, el compañero detiene sus malos tratos, la libido opera una vuelta a la cargo «salvaje», y el Señor M. puede disfrutar.
Ha tenido siempre, al menos, bastante olfato psicológico para elegir a tales compañeros: «El sádico se desinfla siempre en el último momento», cuenta (35). Deseo de omnipotencia, comenta Michel de M'Uzan. Quiero precisar: la búsqueda de una omnipotencia en la destrución es, para el masoquista perverso, la condición para acceder a una fantasía de omnipotencia erótica, necesaria para desencadenar el placer: la piel no está completamente arrancada, las funciones del Yo-piel no están irreversiblemente destruidas, su recuperación realizada in extremis en el momento de su pérdida, produce una «asunción jubilosa» mucho más intensa (porque es a la vez corporal y psíquica) que la descrita por Lacan en el estadio del espejo, pero cuya economía narcisista es también evidente.
Espero haber demostrado que estos mecanismos de defensa, de sobra conocidos (escisión de la pulsión, vuelta contra si mismo, vuelta de lo escindido, sobrecarga narcisística de funciones psíquicas y orgánicas heridas) sólo funciona con tal eficacia en un Yo-piel especial que provisionalmente ha adquirido las nueve funciones fundamentales, que revive repetitivamente una fantasía de piel arrancada y el drama de la pérdida de la casi totalidad de estas funciones para obtener, igualmente, un placer con la exaltación de sus reencuentros. La fantasía (necesaria para la evolución hacia una autonomía psíquica) de tener una piel propia permanece profundamente culpabilizada por la fantasía previa de que es necesario tomarla de otro para tenerla para si, y de que es mejor aún dejársela tomar por el otro para proporcionarle placer y para, finalmente, obtenerlo para sí mismo.



Notas:

1- Jean Laplanche. Vida y mueerte en psicoanálisis. Amorrortu, Bs. As.,1970.
2- Imre Hermann. l´ínstinct filial. Denöel. Paris,1930.
3- Freud,S. El Yo y el Ello. Amorrortu Editores. Bs.As. 1978.
4- Pasche. Le Bouclier de Persée. En "Revista francesa de psicoanalisis" 35 nº 5-6. Pag. 850-870
5- Winnicott, D. Líntegration du moi ou cours du developpement de lénfant en "Processus de maturation chez l´énfant". Payot. Paris, 1970. p. 12-13.
6- Sami-Ali. Espacio imaginario. Amorrortu ediciones. Bs.As, 1974.
7- Cf. mis dos monografías, «De l'horreur du vide a sa pensée: Pascal» y «La peau, la mere et le miroir dans les tableaux de Francis Bacon», reproducidos en Le Corps de l'ouvre(Anzieu D., Gallimard. Paris 1981)
8- Grotstein. Splitting and projective identication. Jason Aronson. New York,1981.
9- Agradezco a Annick Maufras du Chatellier el haberme hecho conocer este texto y el haberine proporcionado la traducción francesa.
10- R. Kaes. Introduction à l´ànalyse transitionnelle en Crise, rupture et dépassement. Dunod. Paris,1979
11- Getsemani (p. 193)
12- Freud. S. El block maravilloso. Amorrortu Editores. Bs.As. 1978
13- Frances Tustin. Autisme et psychose de lènfant. Seuil, Paris,1972
14- E. Bick. L´experience de la peau dans les relatins d´objet précoces en "Explorations dans le monde de l´autisme". Meltzer, D.. Payot. Paris, 1980.
15- W. Reich.
16- Freud, S. Lo ominoso. Amorrotu Editores. Bs.AS, 1978
17- Meltzer, Explorations dans le monde de l´autisme. Payot. Paris, 1980. 1975.
18- cf., Las «barreras de contacto» del «Proyecto» freudiano de 1895. Ver Freud, S. Proyecto de psicología para neurólogos. Amorortu Editores. Bs.As. 1978
19- Piera Castoriadis Aulagnier. La violence de l´interpretation. P.U.F..Paris,1975.
20- F. Pasche. Le bouclier de Perseé. En "Rev. Franc. Psychanal." 35 nº 5-6, pag. 859- 870
21- Winnicott, L´íntegrationdu moi ou cours du developpement de lénfant en "Processus de maturation chez lénfant". Payot. Paris, 1970. p. 12-13
22- Bettelheim, B. Le blessures symboliques. Gallimard. Paris, 1971
23- Jean Dausset [cita faltante]
24- Spitz. De la naissanche à la parole. Le premiere anneé de la vie. P.U.F..Paris, 1968
25- cf. D. Houzel, 1984 a [cita faltante]
26- Paul Wiener. Structure et processus dans la psychose. P.U.F..Paris,1983
27- D. Anzieu. Sur la confusion primaire de l´anime et de l´animé. Un cas de triple méprise. En Nouv. Rev. Psych. Nº 25. Pag. 215-222
28- cf. D. Anzieu. Le transferet paradoxal. En Nouv.Rev. Psychaanal. Nº9 p.57-71
29- Agradezco a mi colega, Francois Vincent, psicofisiólogo, que haya llamado mi atención sobre ellas.
30- N. de la T.: en el original phérormonas. término creado por las lenguas anglosajonas para designar las sustancias que los animales excretan para la comunicación
31- Michel de M'uzan. Un cas de masochisme pervers, en obra colectiva "La sexualité perverse". Payot. Paris, 1972
32- Anzieu,Yo-piel [falta cita]
33- Michel de M'uzan Un cas de masochisme pervers, en obra colectiva "La sexualité perverse". Payot. Paris, 1972, p. 133-134
34- Michel de M'uzan. Un cas de masochisme pervers, en obra colectiva "La sexualité perverse". Payot. Paris, 1972, p. 127
35- Michel de M'uzan. Un cas de masochisme pervers, en obra colectiva "La sexualité perverse" . Payot. Paris, 1972. p. 137

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